Imagino una tarde de verano y un vaso de agua fresca en la ventana. Los niños se han marchado. La mujer coge el lápiz y dibuja la escena: un instante vacío en que no pasa nada. Ahora habita el papel y ese papel una sala remota en un museo. Todo lo que no muere habita algún lugar a la espera de un ojo que lo vea. Su lápiz, por ejemplo, que vive en este lápiz, y el reflejo estancado en el alféizar de una luz y una hora que no existen, o esa mano de otra y que es de todas abriéndose en mi mano como una flor de nadie entregada a la sed, al sencillo misterio que es a veces la vida: este vaso de agua. |