Tanto Nietzsche como Ortega y Gasset se tomaron muy en serio Europa y su lugar en el mundo, pero para reivindicar el valor de nuestra herencia occidental evitaron el eurocentrismo y así su perspectiva pudo tomar la requerida distancia. En su antagonismo mutuo, los mimbres que hicieron Europa, o bien sus raíces, grecorromana, judeocristiana y moderno-científica, han determinado la distintiva inquietud sin tregua del alma europea, posibilitando el milagro de la aparición del individuo como tal que estaría ausente de las otras culturas. Como apuntaba el viejo Kant, lo que se mueve es el infierno, porque al cielo ninguna falta le hace, y entonces se puede decir, con Nietzsche, que Europa es la parte de la humanidad que “progresa”, puesto que su misma sustancia neurótica habría brotado de la lucha contra Platón y la Iglesia de Cristo. Otros azares históricos como la cultura de los trovadores iban a dar a luz a la identidad europea, y ese impulso provenzal tan europeísta se les contagió a Nietzsche y a Ortega por su lectura de Stendhal. |