Si al abrir un libro de poemas nos encontramos con una dedicatoria tan turbadora como la que acoge esta obra: “A mi soledad, tan fructífera”, podemos estar seguros de que nos hallamos frente a un poemario que ha huido de la banalidad y la vulgaridad, espacios a los que se llega cuando el verso se dirige únicamente a la imaginación de los sentidos. En este libro no nos asombra que la poeta evoque que estamos hechos de la misma materia que las estrellas, los mares y las flores. La clave de estas Miradas se halla en un universo en movimiento, en inmundo en el que para la autora nada es insignificante, y que resulta más deseable debido a su efímera energía erótica; como esa sutil sombra que en algunos cenobios queda recogida en la fortaleza inmóvil de un ciprés |