La ausencia de humanismo íntimo y la preponderancia de la frivolidad son rasgos de las últimas décadas, y esta relación de recapitulaciones vivenciales que es La edad de las piedras, tan explícitas como solo la buena autocrítica o sabia autocensura permite, viene a evidenciarlos al colocar en el centro de la poesía el asunto que jamás han esquivado los pocos sabios que en el mundo han sido: el yo, generador de todas las autenticidades. Un yo cuyo biografismo se expone mediante una discursividad lírica sin catecismos ni estéticas al uso o en desuso, ni confesionalismos plañideros: el yo de una pluma que no se disuelve en versos para literaturizar sino para encontrar su nombre, herrumbroso en los caminos del tiempo. |