Es este un libro de otoño, sin la luz estridente del día ni la peligrosa oscuridad de la noche; o, si se quiere, un libro del atardecer. O, en términos musicales, una especie de preludio que a su vez es una fuga. O el gesto de una mano que al mismo tiempo se despide y saluda. No hay tristeza, pero sí una serena melancolía, como si uno estuviese viendo cómo desaparecen definitivamente espejismos que si bien como sueños daban felicidad, no dejaban de ser eso: espejismos y sueños; y, al mismo tiempo, como si uno estuviese mirando hacia una tarea dura, quizá no tan dadora de felicidad como los espejismos, que asoma sobre el horizonte recortado sobre unas montañas. Una tarea que durante años se ha venido acercando y a la que ahora uno también se acerca porque el tiempo apremia y porque ha llegado el momento. |